Testimoni d’una voluntària

Ens arriba des de Pamplona el testimoni d’una noia que va estar aquest mes de juny fent voluntariat al Casal d’Estiu de Terral amb el grup III, el grup de les més grans, i que ha volgut plasmar la seva experiència en el següent escrit:

Esta es la historia de una chica normal y corriente como tú y como yo. Con complejos, pero con muchas amigas que le subieran la autoestima. Con problemillas, cosas sin importancia, pero con unos padres que darían la vuelta al mundo si hiciera falta, y todo para que ella fuera feliz.También tenía un amor, un compañero de vida, del que estaba tremendamente enamorada.
Ella era una chica normal y corriente, ya te digo, como tú y como yo. Con caprichos, con objetivos y aspiraciones, con instagram y desde hace muy poco facebook. Ella era una chica como nosotras.

Esta chica que parece ser que es la protagonista de la historia, se dio cuenta en una semana, en unos escasos 7 días de lo afortunada que era.
¿La lotería? No, no le tocó. Tampoco ganó un concurso, ni obtuvo matrícula en la carrera. No se sintió afortunada porque le compraran un iphone 6, o porque su foto de instagram llegara a las 300 “me gusta”. No, no se sintió afortunada por algo material.

Lo que pasó fue que estuvo colaborando con una asociación de Barcelona, como monitora de forma voluntaria. El caso es que aunque esta chica pareciera la protagonista de esta breve historia, os equivocáis, las protagonistas son ellas, las niñas.

Eran niñas de entre 11-14 años, la mayoría extranjeras, un poco diferentes a ti y a mí. Lo que nos diferenciaba era que yo tenía a mi madre y a mi padre en casa, que en mi casa abundaban los abrazos, que estudiaba una carrera y que no me faltaba de nada. Vamos, lo que probablemente vemos como algo normal en una chica de 18 años. El problema era que vi la suerte que tenía cuando vi en esas niñas una falta de cariño, un vacío en casa de alguna figura paternal, unas manos ásperas de fregar o cansadas de cocinar. Cuando vi que su ortografía era inferior al nivel que deberían tener, cuando no creían que llegarían a estudiar y cuando me contaban como sufrían acoso en el colegio.
¿Pero sabéis también que vi? Vi esperanza detrás de cada una de esas niñas inocentes. Vi que la más pequeña del grupo estaba entusiasmada en el museo, y cito textualmente “Teresa, es guay este museo porque puedo ver las cosas que me gustan y aprender”, vi que cada niña compartía lo poco que tuviera. Me di cuenta de que la más revoltosa y nerviosa tenía un pulso sorprenderte y una gran concentración en el cuadro que pintaba.

Probablemente no cumplían todas las reglas del campamento, pero cumplían las de los juego, y creedme que eso ya es algo.

Muchas daban las gracias y solían sonreír. No sabía cuál era el motivo, pero lo hacían. Ya fuera porque me veían un poco enfadada, porque hacía una broma, o porque me desobedecían, pero lo hacían.

Llegó el último día y sentía que les dejaba a la intemperie. Que no podía irme. Sin embargo, un equipo de voluntarias bien preparadas y con mucho esfuerzo por delante se quedaban cuidándolas, al cargo de las coordinadoras y gran equipo.
Me fui satisfecha, agradecida, y con un pedacito de mi corazón en el Terral. Porque, lo verdaderamente importante fue, cuando se acercó una del grupo, y me dijo “gracias, he aprendido mucho de ti” y yo le contesté “yo sí que he aprendido de ti”. Ella se rió y se fue. Me queda un museo pendiente con ella.

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